Por: Camilito
¿Qué podemos decir y escribir hoy sobre Camilo? ¿Cuarenta años qué tanto tiempo es y para qué? ¿Quién fue Camilo? ¿Qué pensaba? ¿Qué hizo? ¿Podemos decir que Camilo es todavía?...
Las preguntas se agolpan en nuestra cabeza sobre la vida y la muerte de una persona que con el correr del tiempo hemos intentado conocer. Labor ésta que se nos ha dificultado, en la medida en que las condiciones históricas nuestras son a veces muy adversas, tanto en lo material como en lo espiritual, puesto que esta época en la que nos vimos obligados a malvivir ya no habla de Hombres Nuevos, ni Utopías, ni siquiera de pensares críticos y mucho menos de proyectos distintos de humanidad; por el contrario, la liviandad vital se ha instalado profundamente en nuestras vidas y cegado nuestra cotidianidad con los destellos de un capitalismo aparentemente triunfante e invencible y todo lo que ello comporta. Es pues, desde aquí que nos atrevimos a escribir estas líneas, -lo que quizás las hacen más básicas pero a la vez con mayor porvenir- sobre un ser humano, de éste y otro mundo, de un animal de vereda y galaxia, en fin, vamos a pintarles con la palabra la imagen de un hermano, de Jorge Camilo Torres Restrepo, nuestra idea-fuerza que compartimos hoy con ustedes y que creemos posee gran actualidad en nuestra situación.
I
Multiplicidad de autores desde distintas orillas analíticas y políticas se han dado a la tarea de estudiar la figura de Camilo desde hace ya varias décadas, recordamos con gran emoción los trabajos de Walter Broderick, Germán Guzmán Campos, Maria López Vigil, Orlando Villanueva Martínez, Eduardo Umaña Luna, Álvaro Valencia Tovar, entre otros tantos, cada uno de los cuales se ha encargado de relievar una faceta de la vida de Torres Restrepo, de acuerdo a su relación personal o ideológica con él. Ello a la vez que nos facilita un rico y fructífero acercamiento a la figura de este personaje, obliga a nuestras palabras al rincón de la apreciación “personal” -con asidero en los autores arriba mencionados- pero no por ello menos valederas, máxime cuando hemos procurado llegar hasta la misma voz de Camilo y de sus mejores interlocutores. Ahora bien, solamente pretendemos destacar ciertos aspectos de la vida de Camilo, específicamente de su pensamiento, sobretodo en el sentido de recordar algunos elementos que desde nuestra sencilla mirada merecen ser tenidos en cuenta en la lucha diaria que libre el ser humano.
El periplo vital de Camilo Torres, ese que nace hacia 1929 en la fría ciudad de Bogotá y que se detiene en variadas ocasiones en diferentes lugares del territorio nacional como del mundo entero, no es objeto de nuestras preocupaciones en este momento -ello no quiere decir que no sea necesario saber de él, al tiempo que está como telón de fondo de este texto-. De allí que vayamos a enfatizar en su pensamiento, pero no ya para ahondar o repetir las consideraciones de otros escritores, quienes ven en Camilo, de manera acertada, un iniciador del pensamiento de la Teología de la Liberación o por otro lado como aquel visionario de los derechos de los pueblos; no, en su lugar nosotros intentaremos mostrar un pensamiento de Camilo más histórico, en doble sentido, es decir, en el marco histórico en el que vivió y luchó, como en el transcurrir de su ideario, el cual no fue el mismo que conocimos durante 1965 y 1966, sino que por el contrario sufrió cambios importantes a medida que las condiciones sobre las que se movía también lo hacían.
Como es apenas obvio, la formación Camilo como sacerdote tanto en materia del ministerio sacerdotal como en el terreno de la sociología, marcó profundamente su ideario político. Es de esta forma como encontramos que en su arquitectura conceptual ocuparon un lugar muy importante categorías como cristianismo, cristiano, iglesia, que con modificaciones sustanciales en el curso de una década, vendrían a orientar su lucha política. Es de mencionar cómo en la lectura que Camilo hacía de la palabra de Cristo, el ser humano cobraba gran relevancia como el punto de partida y llegada tanto de los análisis de la realidad como del accionar sobre ella, sin embargo, las consideraciones en torno al ser humano hacia 1956 partían de hacer hincapié en la dualidad espiritual-material del individuo, donde las condiciones materiales no eran más que un medio para el engrandecimiento espiritual, última y gran meta del mensaje de Cristo. Años después, esta subordinación de lo material a lo espiritual se trocaría en una equiparación de la relación, muestra de ello es la preocupación y trabajo en los asuntos relacionados con la reforma agraria, donde a la tierra le imprimía un carácter de bien social, estos apuntes no son más que la señal de un principio fundante del pensamiento de Camilo, -cristiano en su esencia- consistente en el amor eficaz al ser humano, o lo que denominaba como esencial, que si bien estaba muy ligado a las prácticas rituales, constituían lo medular en la palabra de Cristo. Pero además de este amor pleno y efectivo por los otros seres humanos, éste debía ser ejecutado realmente, en otras palabras, no podía resumirse a la proclamación formal sino al contrario exigía la caridad efectiva entendida como una acción con dimensiones sociales en la que cada individuo alcanzaba la plenitud, debido a la inspiración en Dios; ello demandaba la adaptación del mensaje de Cristo a las condiciones del diario vivir de todos los hombres y mujeres de cualquier lugar, principio y fin del evangelio que contaba como herramienta para su realización con el bagaje de las Ciencias Humanas que se acercaban al principio de universalidad de todo individuo como representante del género.
El cristiano, sujeto central de esta lectura de la palabra de Cristo, era ligado por Camilo al obrero a mediados de la década del cincuenta, personaje vital del sistema capitalista industrial de mediados del siglo XX, para Colombia pertenecía a una cultura, tradición y civilización católica, delimitación esta de la esfera del cristiano a un pasado católico, que sería revisada y ampliada tiempo después hacia todo aquel que cumpliera con el principio fundamental del amor al prójimo, modificación que le asestaba un golpe muy fuerte a las jerarquías católicas y que envolvía a una mayor cantidad de hombres y mujeres en dicha categoría, por ejemplo a quienes se reclamaban de izquierda sin creencia religiosa. Por su parte la Iglesia era entendida no ya como una instancia supramundana, portadora de la verdad revelada por la divinidad y conformada por seres especiales y perfectos, inmaculados y omnisapientes, y por ende perfecta, sino como una agrupación constituida por seres humanos y como tal imperfecta, que podía incurrir en errores sobre todo en materia social. Esta acepción daría paso a una diferenciación más radical, al hablar de una Iglesia desde y por los de abajo, la cual repararía en el cumplimiento del amor eficaz a través de acciones reales, que estaba precedida por una relectura crítica y profunda del evangelio como de la realidad socioeconómica específica, y exigía un tipo de sacerdote distinto y de pastoral de misión, lo que entrañaba unos profundos cambios de la institución frente a todas las expresiones del poder dominador y una Iglesia desde y por los de arriba, que mantenía la situación de pobreza, miseria, explotación y exclusión de las mayorías y los correlativos privilegios de una minoría.
Un último aspecto a mencionar en este primer apartado atañe a la relación entre cristianismo y marxismo, tema que ha preocupado a varios autores en diferentes estudios, y que para Camilo no representó un problema irresoluble. Así para nuestro autor, el marxismo como corriente de pensamiento había facilitado ciertos instrumentos teóricos para el análisis y la comprensión de la realidad social, asimismo amplió el campo de visión de los sacerdotes y cristianos respecto a la importancia de lo social como una dimensión humana fundamental, la cual está mediada por los conflictos y las tensiones, por los que habría de preocuparse la Iglesia en general. Los aspectos positivos de esta relación no quedaban limitados a lo anotado, en su lugar éstos eran posibles en la medida en que partían y convergían las dos corrientes de pensamiento de concebir al ser humano como el centro de toda acción, que en palabras del mismo Camilo hacían parte de una tradición de larga data, el llamado Movimiento Humanista Cristiano, y que incluso para Torres Restrepo llegaron a representar las únicas ideologías que por su integralidad y visión de mundo, podían impulsar una transformación profunda de la sociedad.
II
Estas categorías que podríamos llamar como esenciales, tuvieron un desarrollo político (en su acepción restringida) que se conocería en la intensa actividad pública que llevó a cabo durante 1965 en diferentes lugares del país, mediante conferencias y mensajes dirigidas a distintos sectores de la sociedad como figura visible del Frente Unido. Dentro de las nociones que desde nuestro entender nos parecen centrales podemos encontrar las de unidad, revolución y conformismo, las cuales las emplearía para analizar la realidad colombiana.
De manera sintética podemos decir que la unidad para Camilo no podía ser entendida de otra manera sino como una necesidad profunda de las fuerzas políticas opuestas al estado de cosas imperante, mediante la cual se le darían fin a discusiones vacías en las que se había embarcado la izquierda durante su historia, para lo cual tenían que superarse las rencillas de tipo personal, anteponiendo ciertos principios a las disputas y rencores que obstaculizaban la concreción de los cambios que necesitaba la sociedad. Este llamado a la unidad lo realizaba Camilo con base en criterios científicos, que estarían más allá de cualquier discusión ideológica y que al tiempo servirían de faros que orientaran las acciones políticas, invitación que tomó la forma de crítica rotunda al sectarismo y ensimismamiento de la izquierda:
“Hay puntos elementales indicados por la técnica social y económica que no tienen implicaciones filosóficas sobre las cuales, los que buscamos una auténtica renovación del país, podemos ponernos de acuerdo, prescindiendo de las diferentes ideologías, no en nuestra vida personal, pero si en nuestra lucha revolucionaria inmediata. Los problemas ideológicos los resolveremos después de que triunfe la revolución [...] Necesitamos la unión por encima de los grupos. Es lastimoso el espectáculo que da la izquierda colombiana. Mientras la clase dirigente se unifica, mientras la minoría que tiene todos los poderes en su mano logra superar las diferencias filosóficas y políticas para defender sus intereses, la clase popular... es pulverizada por los dirigentes de los diferentes grupos progresistas que, muchas veces, ponen más énfasis en las peleas que tienen entre sí que en su lucha contra la clase dirigente...”
En ese orden de ideas, la propuesta de unidad tenía que llevar a la conformación de un movimiento político que cobijara a todos aquellos que nunca habían ejercido-detentado el poder y a quienes optaban por una transformación del orden de cosas, lo que abría la puerta a individuos integrantes de lo que él denominaba como oligarquía, pero que pensaban y actuaban con el pueblo y sus necesidades, punto de partida de la creación del movimiento y del futuro gobierno popular. Una de las condiciones sobre las que se debía basar el movimiento, respondía a la necesidad de ganar la claridad mental sobre la problemática del país, así como de las soluciones que desde las mayorías se pensaban:
“Porque para que nuestro movimiento no sea demagógico tenemos que comprender cada punto concretamente...Debemos ser un movimiento de enseñanza en el cual cada uno de los miembros del movimiento sea un maestro de la revolución, sea un hombre que esté explicando punto por punto, para que el conocimiento de los problemas sea claro y sólido...”
El cimiento sobre el que reposaba todo este proyecto unitario, no podía ser otro que el de la condición de miseria y hambre, pobreza e ignorancia en que se hallaban -y se halla sumida- gran parte de los colombianos, razón suprema para alcanzar la unidad. Respecto a la organización en la propuesta de Camilo resaltamos el énfasis puesto en la formación de la conciencia de los militantes, lo que denota un lugar importante otorgado a las ideas, indicador de ello es la preocupación que existió por la creación de un órgano informativo, que buscaba afianzar el cómo de la lucha política en la dialéctica de la teoría y la práctica:
“La organización que comprende: investigación de las circunstancias, planeación, coordinación, estructura de un liderazgo, que comprende el control, la ejecución, la evaluación de los programas.”
En ese sentido el liderazgo no era un asunto resuelto de antemano, y mucho menos se solucionaba como lo hacían -según Camilo- los partidos tradicionales, a saber con la escogencia arbitraria de los dirigentes de acuerdo a su origen de cuna, en la que dependiendo de la alcurnia unos estaban llamados a obedecer y ejecutar y otros a mandar y pensar, no, en el movimiento de unidad los líderes debían emerger de las masas y de los campos de lucha, es decir de las veredas, barriadas, fábricas, universidades, puesto que eran las masas las que debían decidir el destino de la lucha; no obstante, éstas en el ideario de Camilo se diferenciaban en dos grandes grupos, por un lado estaban los alineados o vinculados a alguna organización política, sobre todo de izquierda, y por el otro se encontraban los llamados no alineados, quienes convencidos de la necesidad y urgencia de los cambios, y dispuestos a trabajar en ello, no hacían parte de ningún grupo en especial, en la lectura de Camilo estos vinieron a ser la mayor y más importante fuerza del Frente Unido.
Aunque existiera ésta gran distinción a partir de la filiación a alguna organización política o no, en el ideario de Camilo de la diversidad de sectores sociales allegados al Frente Unido, éste consideraba que tres grupos sociales contaban con la mayor responsabilidad y compromiso con la lucha política, así pues los campesinos eran los llamados a dirigir los esfuerzos por cambiar el país, ya que históricamente habían sido quienes más sufrieron los embates de las clases dominantes, por lo que ellos estarían dispuestos a llegar “hasta las últimas consecuencias” por liberarse. En orden descendente se encontraban los obreros, quienes desde la ciudad se encargarían de la lucha, pese a que la heterogeneidad interna del movimiento obrero (tanto en tipos de luchas adelantadas como en calidad de vida) dificultaba esta labor de unidad. Por último Camilo pensaba en los estudiantes universitarios, los cuales si bien podían imprimir elementos científico-técnicos a las luchas, las fuentes de su inconformismo eran tan frágiles que la adhesión al bando dominante era muy probable, pues fundamentarse en el sentimiento, la frustración o las categorías científicas sin un compromiso de vida total, más aún cuando podían ser considerados como un sector privilegiado, llevaba a la exigencia de renunciar a toda pretensión de vida “burguesa” para poder participar en esta lucha.
Todo este proceso organizativo se desarrollaría en medio de un país que era entendido como subdesarrollado, categoría empleada por Camilo para nombrar la realidad de la Colombia del primer lustro de los sesentas, al respecto es pertinente anotar que los análisis críticos del sacerdote bogotano abarcaban todas las dimensiones sociales, dentro de lo que destaca la revisión de cifras sobre la pobreza y la producción, la crítica a los altos niveles de analfabetismo y con ello a la mentalidad antiracional de las mayorías, así como el ataque contra la dinámica política del país, en especial contra los partidos tradicionales y las clientelas arrodilladas al imperialismo, sobretodo el estadounidense. Este diagnóstico del país contaba con el colofón de que en Colombia, en consonancia con sus categorías, la población era católica más no cristiana, que privilegiaba los actos externos del culto dejando a un lado lo más importante como era el ejercicio del amor eficaz, lo cual fortalecía la posición excluyente de la Iglesia al reconocer como feligresía sólo a quienes daban la limosna sin falta cada domingo pero no a los que en varios lugares llegaban incluso a entregar su vida por los otros; situación que se sostenía por el alto grado de conformismo de los fieles con la situación de miseria material y espiritual de las mayorías, lo que también incluía la complacencia de la Iglesia con las clases dominantes, a la vez que hacia del conformismo el único criterio válido para ascender en la jerarquía eclesiástica, ocultando el maridaje con el poder dominante.
III
Como sabemos el armazón de categorías que hemos enunciado desembocó en un proyecto político, el cual puede ser entendido de dos maneras dependiendo de cómo se entienda la continuidad del ideario y de la forma de lucha. Por un lado se puede entender que la actividad política adelantada desde el Frente Unido constituía una primera etapa y que la incorporación a la organización insurgente ELN generaba una ruptura profunda en el camino político de Camilo, y por otro lado se puede perfectamente leer como un mismo curso el tránsito de la lucha legal a la extralegal. Al respecto nosotros consideramos que hubo tanto continuidad como ruptura, la primera ya que en cuanto al ideario la convergencia y similitud con la propuesta del ELN era evidente, así como se puede incluso hablar de una coherencia en la actitud de vida del mismo Camilo, al no abandonar la lucha política con el declive del Frente Unido, pero por otro lado, creemos que sí hubo ruptura en lo referente a las forma de lucha, pues es apenas obvia la diferencia entre la vida como dirigente de un movimiento político que llegó a presentar su primer plataforma en un acto organizado por las juventudes del partido conservador y la de un guerrillero en las montañas de Santander, esta duplicidad comporta el movimiento de su pensamiento en cuanto a la idea de revolución.
Antes de hablar directamente de cuál era la noción que Camilo manejó de la revolución, es preciso decir que el ideario de Torres no contempló la posibilidad de la vía electoral como una forma de que el pueblo se hiciera al poder, puesto que consideraba que el sistema electoral estaba en manos de la misma oligarquía que no iba a permitir que una fuerza unitaria popular llegara al poder para acabar con los privilegios de la minoría, esta posición al parecer desde el momento en que se presentó en sus declaraciones y escritos no varió, ya que la expresó en el momento en que ya se vislumbraba como líder político; de allí que le pareciera vacuo participar en una contienda en que los ricos eran juez y parte, por lo que abogaba en su lugar por una abstención activa y beligerante que develara esta realidad de la democracia colombiana.
Frente a la noción de revolución el cambio que tuvo fue sustancial, así en 1956 consideraba que la revolución como cambio violento del estado de cosas no era necesaria, pues el cumplimiento de los preceptos cristianos podían humanizar hasta al capitalismo, cambios graduales que comenzaban con los personales para dar paso a transformaciones un tanto más amplia, para así evitar la expresión del odio de las clases, fuego que no atizaría pues el no era ni debía ser dirigente político, ello no significaba la simpatía plena con el capitalismo, pero tampoco la apuesta por la destrucción radical del mismo. Años más tarde esta concepción viraría sustancialmente, llegando a pensar ya como líder del Frente Unido, que el proyecto político tenía obligatoriamente que llegar a la toma del poder y con él del Estado, lo que implicaba que la revolución era efectivamente política, pero, ¿podía ser pacífica o violenta? En este punto tampoco hubo una sola y definitiva postura, pues pasó de la esperanza de que la “oligarquía” entregara el poder “por las buenas” a legitimar y justificar la lucha armada librada por los campesinos en ciertas zonas del país:
”Esa violencia gubernamental y financiada por las oligarquías después enseñó muchas cosas a los campesinos: les enseñó a reconocer en la oligarquía a su verdadero enemigo. Les enseñó a huir primero. Defenderse después y les enseño a atacar para obtener lo que las oligarquías obtenían con la violencia: fincas, cosechas, ganado, poder. Estas cosas no se las daba el sistema. Todo lo contrario. Los salarios más bajos, el menor número de escuelas, las peores viviendas, las menores posibilidades de progresar, las tienen los campesinos”
Llegando a sugerir su posible incorporación a la misma:
“Cuando nos haga la vida imposible en la ciudad, [la oligarquía] tenemos que ir al campo. Y del campo no podremos botarnos al mar. Allí tendremos que resistir. Para eso debe prepararse el campesino...La oligarquía seguirá reafirmando a los campesinos en su convencimiento de que tienen que apoyar a las fuerzas revolucionarias. ¿Por qué no han acabado con la guerrilla de Simacota? Únicamente por el apoyo de los campesinos. Cuando la oligarquía no deje otro camino, los campesinos tendrán que darnos refugio a los revolucionarios, a los obreros y estudiantes. Por el momento deben unificarse y organizarse para recibirnos con el fin e emprender la larga lucha final.”
Para decirlo en entrelíneas, antes de anunciar su incorporación plena a la guerrilla:
“Por otra parte los seguidores de la plataforma, al plantearnos la toma del poder político como condición indispensable para aplicarla, tenemos necesariamente que plantearnos una decisión táctica: La de ir hasta las últimas consecuencias y la de utilizar cualquier vía que la oligarquía deje abierta para esta toma del poder. Esta actitud tampoco tiene grandes consecuencias ideológicas porque la iglesia misma ha establecido las condiciones de una guerra justa [...] Una plataforma que plantea un tipo de Estado socialista y la liberación de Colombia del imperialismo norteamericano no puede ser indiferente ante los movimientos que tiendan hacia un socialismo y que plantean la liberación del imperialismo. Aunque estos movimientos tengan elementos ideológicos de discrepancia, en el aspecto científico, positivo y práctico, son los más cercanos a nosotros [...] Lo importante es que la clase popular colombiana siga siempre adelante sin dar un paso atrás, [...] Ellos (los pobres) pueden saber que yo iré hasta las últimas consecuencias y que, si solamente queda conmigo un puñado de hombres decididos, con ellos seguiremos la lucha. Aunque esta vaya a ser una lucha prolongada, lo que importa es que todo el que se decida a incorporarse a ella, se decida también a continuar hasta el fin”.
IV
Efectivamente aquel fin llegó, un quince de febrero de 1966 en una vereda de Santander, tras haber encontrado según parece, a ese “puñado de hombres decididos” con los que en cuestión de proyectos políticos las afinidades eran palpables y con los que permaneció físicamente pocos meses. ¿Pero que tiene que ver este recuento -muy superficial por cierto- de las ideas de Camilo, con la supuesta vigencia de las mismas? Como respuesta a este interrogante podemos decir que con sólo consultar el contenido de la famosa Plataforma del Frente Unido, la gran mayoría de propósitos tanto en materia económica, como política y social han sido retomados en nuestros días por algunas de las propuestas políticas de izquierda, específicamente en el papel que ha de jugar el Estado en el manejo de la economía, por citar un pequeño ejemplo; esto no significa que se hayan de seguir a pie juntillas las ideas consignadas en dicha plataforma, puesto que sin negar la continuidad de lo esencial (la situación objetiva de pobreza, explotación y dominación) no podemos desconocer los cambios acaecidos tanto en todos los niveles espaciales, inclusive se podría hablar de cambios ostensibles en el mismo ser humano, sin ahondar que en este momento los puntos de la plataforma no son más que lineamientos generales a tener en cuenta en la formulación de políticas más concretas.
Sin embargo, nos interesa más destacar la imagen de un Camilo como ser humano pensante y estudioso, que no le rehuía a los libros sino que por el contrario desde la reflexión profunda y la disciplina académica los creaba, pues creemos que esta faceta de Camilo se ha difuminado al yuxtaponer la del líder y caudillo político, postura que él mismo no buscaba y cuando vio que no podía obviarla la manejó como un medio para alcanzar el objetivo más profundo de la organización de las gentes dispersas, pero que fue una presencia constante en la vida de Camilo, muestra de ello es la considerable producción académica que se tradujo en presentación de potencias en eventos nacionales e internacionales sobre la pobreza, la violencia, la problemática urbana, su participación como creador de la Facultad de Sociología y como profesor de la misma, sus escritos como material de trabajo en la ESAP, los artículos periodísticos, conferencias y mensajes de un claro carácter político elaborados con gran fundamentación y conocimiento de la realidad, así como las preocupaciones por que las ideas y las razones se convirtieran en los elementos claves para soportar una forma distinta de hacer política, lo que desde luego se acompañaba del estímulo a la disertación con los contradictores y al ejercicio de ese deber y derecho de todo ser humano como es la crítica desde y con argumentos y no contra las personas, tal cual lo demuestra la defensa que hizo de Gerardo Molina y otras personas que eran estigmatizadas de comunistas y en general de izquierda, contra un sacerdote afín a la jerarquía; lo que no lo obligaba a pasar por alto los errores y carencias históricas de la izquierda, como su sectarismo y sus análisis de la realidad en ocasiones superficiales y esquemáticos. Lo anterior nos impele a reiterar que el vivir de Camilo no conocía de falsas disyuntivas entre pensar y hacer o peor aún, de la prelación de una sobre otra, y que para nuestra historia no podía ser más que el del hacer por el hacer, y casi nunca pensar; postura y ejemplo de vida que entendía que nadie más que el ser humano debe ser el centro de la acción del ser humano, fin y medio a la vez.
Por otra parte nos parece que los estudios sobre el significado de Camilo en la historia del país todavía están en mora en asuntos tales como en pensar su aporte al desarrollo de la Sociología en Colombia como ciencia social, sobre todo sí tenemos en cuenta el momento histórico en que vivió en relación al desarrollo de las ciencias sociales; en el mismo sentido, sería interesante estudiar de manera sistemática su pensamiento religioso y la ruptura que pudo haber abierto con la doctrina oficial de la Iglesia así como en relación a la Teología de la Liberación, y desde luego, consideramos y creemos que su vida, con un conocimiento crítico a fondo de su pensar y actuar, nos puede arrojar algunas luces en estos tiempos aciagos, para rescatarlo del olvido al que la ignorancia deliberada de pobres y sobre todo de ricos le hemos abandonado, porque debiéramos recordar lo que una tonada creada para Guevara nos sugería y que algunos no hemos hecho:
“Y aquí, a cada noche se busca en tus libros,
El propósito justo de toda acción,
Y se abre tu memoria a todo aquel que renace,
Pero nunca falta alguien que te alce en un altar,
Y haga leyenda de tu imagen formadora.
Y haga imposible el sueño de alcanzarte,
Y aprenda algunas de tus frases de memoria,
Para decir, ¡seré como él! Sin conocerte,
Y lo pregone sin pudor, sin sueños, sin amor, sin fe
Y pierdan tus palabras sentido de respeto,
Así el hombre que nace cubierto de tu flor.
Algún poeta dijo y sería lo más justo,
Desde hoy nuestro deber es defenderte,
De ser Dios.”
